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das Mystische 2.1

ENTRE LOBOS Y AUTÓMATAS

Cuesta creerlo, sin duda, aunque tampoco conviene olvidarlo. “El hombre es un milagro evolutivo y no hay máquina que lo emule”. Cuesta creerlo porque las hazañas del hombre, particularmente desenfocadas, arrojan sobre el asunto recelos justificados; pero tampoco conviene olvidarlo para evitar hacer justicia a su valor familiar, imprescindible, y a sus considerables logros. Víctor Gómez Pin, dueño de la cita y flamante Premio Espasa de Ensayo, lleva tiempo recordándolo: el humanismo, o lo poco que queda de él, está en grave peligro. Y sus enemigos principales (entre otros) están perfectamente localizados. Los seres maquinales, de inteligencia artificial sin soporte biológico, aspirantes a entes explicativos de la inteligencia humana; y los grandes simios, emparentados genéticamente con el hombre y vecinos en el registro filogenético. Algo así como los replicantes Nexus 6 fabricados por la todopoderosa Tyrrell Corporation y King Kong desde lo alto del Empire State, agitando un ejemplar de la Declaración de los Derechos Universales entre las manos. El hombre, animal singular, estaría pues entre lobos y autómatas sometido al vaivén de los tiempos, atando lazos y cabos de futuro, en un proceso de transformación complejo.

Tanto la construcción de entidades inteligentes, ciertamente artificiosas, como la posible instrumentalización del ser humano (posibilidad ética resultante de la negación de la singularidad humana en el seno de la animalidad), aparecen como manchas amenazantes en el ya de por sí amenazante destino del género humano. Y Gómez Pin considera oportuno reflexionar sobre ello, zarandeándonos, poniéndonos a todos sobre aviso, y atizando de paso los riesgos indudables de este juego. Más que nada porque, aunque pueda parecer lo contrario, la cuestión no puede tomarse a broma. “El problema del humanismo contemporáneo –señala Gómez Pin- es la carencia de aliados. La escolástica ideológica imperante vehicula, con dogmática ferocidad, máximas de comportamiento que parecen tener más en cuenta la causa de otras especies, e incluso –en un futuro- la causa de una inteligencia no biológica, que la causa del hombre. Si tal ética se generalizara, cabría decir que nuestros contemporáneos están perdiendo el instinto propio de la especie, al menos si por especie humana se entiende ese ser indisociablemente loquens y sapiens que, entre otras cosas, tiene la exclusiva de la preocupación general por la naturaleza (especies animales comprendidas)”.

Entre lobos y autómatas, Gómez Pin ultima estrategias que nos aseguren, al menos, la permanencia. Aún duda si veremos el final feliz, ese que adoran los productores, o veremos la versión del director, la versión originaria, más realista, pedagógica, más honesta.

DISTOPÍA

El Espacio no es un jardín de niños.
Stanislaw Lem

A pesar de su trivialidad, o quizá por ello, han sido reconocidos en diferentes versiones a lo largo de la historia. La construcción de la alternativa pasa siempre por un análisis del negocio, activo hasta niveles insospechados, y por una crítica feroz, disciplinada, de todas las facetas del arte, de los actores, de los pésimos actores. Sobreactúan hasta la nausea o invocan a los muertos como si se tratase de simples mercancías; fingen agresiones, entre ellos, y obligan a los incautos, confundidos, a actuar conforme a ellas. Así, cuando los miembros de la comunidad no se sienten representados (y esto sucede muy a menudo) se produce el más absoluto de los silencios. No hablo por mi comunidad –se dicen abatidos- porque mi comunidad no me representa; no hablan por mí, los miembros de la comunidad, porque no me siento representado. Entonces, a la luz de las agresiones, no queda más que contestar a la pregunta. ¿Es posible el hombre rebelde a finales del siglo XXI? ¿A qué se puede decir no, en este mismo momento, y con qué significado?
 

Cuando decidieron recoger el testigo (2055, 2056) unificaron tradiciones que parecían ya extinguidas y volvieron a una senda peligrosa y extrañamente olvidada. La patria –sabían- no puede ser sino hija de la guerra. A veces, muchas veces, hay que enfrentarse a ello, no queda más remedio; aunque siempre queda el procedimiento, cobarde, del exilio. Más de 10.000 años huyendo, viviendo de la caza, la recolección, la delincuencia, la teoría de redes; bosques, desiertos, pantallas heladas… y ahora satélites. Hijos del hombre y de las migraciones en la era global de lo cercano; la democracia de los viajes interplanetarios en el universo plural de los traslados. Y la eterna pregunta: ¿Es posible el hombre rebelde a finales del siglo XXI?

Queda algo de la pregunta (o mejor, de la respuesta), pero parece una broma siniestra en manos de siniestros humoristas. Son los nombres con que hemos bautizado los nuevos destinos, los satélites urbanizados para los nuevos pobladores humanos: Calma, Belleza, Mediodía… Aun así, hay que hacerlo cada día (hay que intentarlo al menos) porque cada día, como afirmaba Ralph Waldo Emerson, comienza en nosotros un año nuevo, una nueva vida. Lástima que las decisiones, algunas decisiones, impidan ahora la posibilidad de la ruta y la forma indescriptible del espacio. Lástima…

En 2006 la noticia no ocupaba la portada de los diarios; preocupaba Corea del Norte, los ataques radioactivos, el maíz transgénico; preocupaban las guerras del agua, pero ¿el espacio? ¿Quién podía estar entonces preocupado por el espacio? Por eso, cuando ahora se reduce el módulo, tan reducido como el planeta a mediados de este siglo, todo el mundo corre a desempolvar las hemerotecas y a mirarse, con rabia, en el espejo. ¿Quién podía explicar a los hombres, a aquellos hombres, la función boomerang de ciertas decisiones? ¿No bastaba con la sangría de Mesopotamia, con la experiencia pedagógica de masas y masas de Historia? La nueva política espacial reconocía la existencia de adversarios y enemigos hostiles. ¿Les suena? Y estaban allí, esperando, sin duda alguna; era sólo cuestión de años.

Tan importante como el mar y como el aire, el espacio…

Los que escaparon a Mediodía, huyendo de todo, comprenden ahora el significado terminal de “sistema defensivo”. Queda algo de la pregunta, o de la respuesta, pero pocos sobreviven a la gracia de los malos humoristas.

MUNDOS POSIBLES

Versión del asesino

Así lo describe el diario: la policía aún busca a un joven de estatura media y complexión delgada, que lleva sobre la cabeza una gorra de béisbol negra. Al parecer, hay imágenes del asesino, de las grabaciones de las cámaras de seguridad, de vigilancia. Un hombre da la espalda en su camino de huída o de regreso, su cuerpo pasa al lado de una columna, de una superficie brillante que parece una columna, y proyecta una sombra. La sombra queda atrapada en la imagen, en el centro, separada de su origen, y acomoda el mapa de las sombras.

En la versión de Patricia Highsmith, Tom Ripley es un hombre culpable, original y solitario, que quiere abandonar su origen y, como la sombra, acomodarse en el mapa de las sombras. Abandonar su origen y acceder a un mundo imposible, inaccesible. Highsmith tiene una visión muy personal del asesino: simpatiza con los delincuentes y los encuentra interesantísimos, a menos que sean monótona y estúpidamente brutales. En una ocasión, Highsmith define a Ripley con exactitud estadística –como si se tratase del asesino verdadero, del asesino de la sombra. Dice Highsmith: “Lo considero un hombre tan civilizado que mata cuando tiene necesariamente que hacerlo. Vive su vida a su manera, no es un criminal, es un arribista obligado a matar”. Un hombre tan civilizado que acaba conformando la visión y la versión más correcta. Tan civilizado que no se encuentra en el mapa, sino más allá del mapa de las sombras.

Versión de la Santa

Lo afirma Antonio Damasio, neurólogo: “La supervivencia está, en realidad, en la base de todo”. De todas las cosas a las que podemos referirnos, añade Damasio: nuestra imaginación, nuestra creatividad, nuestro razonamiento, nuestro comportamiento moral. Incluso las versiones, todas las versiones, se amontonan en el mapa de las sombras por simple instinto de supervivencia.
 
Otro neurólogo, Esteban García-Albea, jefe del Servicio de Neurología del Hospital de Alcalá de Henares, ha construido la suya: Teresa de Jesús padecía “la enfermedad de Dostoievski”, un tipo de epilepsia que los expertos denominan crisis de felicidad. Nada, pues, de experiencia mística o intervención divina. Pero esta versión se enfrenta a otras versiones (¿correctas?) que intentan sobrevivir obligadas por las circunstancias. ¿Alianza general de creyentes, poética, teológica? No, nada de eso, en esta ocasión la versión alternativa (o no tanto) procede también de las filas de la ciencia. Neurólogos (neuroteólogos, los llama García-Albea) analizan el cerebro de monjas carmelitas en busca de la actividad cerebral (de justificación científica) de las experiencias místicas: Cuando Dios pone en ebullición el cerebro.
 
Y llegan las preguntas que se hacen los amigos a horas intempestivas –en la base misma de la columna: ¿cabe entonces imaginar aparatos que fomenten la espiritualidad instalados estratégicamente en las iglesias?, ¿descargas en los puntos adecuados que acentúen la necesidad de comprar, de convertirse en soldado o de no sentir emociones en situaciones inmorales?, ¿masajes cerebrales, con electrodos que activen circuitos neuronales, para pasar de la tristeza absoluta a la alegría más completa? B. F. Skinner, desde el conductismo psicológico, preconizaba una gestión científica de la sociedad mediante la manipulación de la conducta humana por expertos conductistas. Pero David Bohm, Doctor en Física (citado por Lynn Margulis, Catedrática de Biología), hace de la versión definitiva (¿definitiva?) un golpe al mentón escéptico y a la vena mágica y mística. “Hacer ciencia es buscar la verdad –afirma David desde la versión universitaria de Berkeley- aunque luego ésta no te guste”.
 
Todos los juegos el juego
 

Investigaciones filosóficas. Pero tan alejado de la versión correcta que debo recurrir, con demasiada frecuencia, a la ayuda de Stanley Cavell: “No es una región de su pensamiento en la que deposite mucha confianza”. Cuando los dos sabemos, además, cuáles son las preguntas apropiadas.

(¿Cuál es nuestra motivación aquí? ¿Qué es eso de “encontrarnos en la situación de querer saber” lo que, cabe presumir, sólo satisface la filosofía? ¿Pero para qué? ¿Qué nos hace querer saber eso? ¿Qué situación crítica nos ha llevado a percibir tal cosa como una carencia en nuestro conocimiento?)

PLACERES DE LA VIDA

Por ahora, ésa es la caja negra.
Elizabeth Blackburn

Vomita Tisserand, Raphael Tisserand, dando tumbos ridículos en su ampliado (y renovado) campo de batalla. El Mersault del mundo informático, del mundo cibernético, lleva las cuentas de su felicidad en un cuaderno orgánico de tapas negras y anillas de oro podrido y oxidado. Así ve el mundo actual Tisserand, su propio mundo actual, mientras toma notas mentales del territorio homogéneo que cultiva y sobrelleva. “El liberalismo económico –afirma Tisserand- es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad”. ¿Acaso no disfruta con su trabajo, Raphael Tisserand, con su obligada y ascética abstinencia, con su magnífico sueldo, con su profunda depresión existencial?

A un paso de Ampliación del campo de batalla, la primera novela de Michel Houellebecq, justo en la estantería de los ejemplos, de las viejas demostraciones, Wittgenstein busca solución a sus problemas, en el juego literario de las biografías, en la biografía escrita y documentada por Ray Monk.

A partir de la página 323, la Unión Soviética se cruza en el camino de Ludwig: éste sueña con dejar de darle vueltas a la cabeza, con dejar de pensar. Wittgenstein alberga esperanzas de encontrar allí un trabajo manual, de compartir “con la tropa” una ocupación digna alejada del ambiente asfixiante del mundo académico. Wittgenstein sueña con escapar por la vía del trabajo, es algo que aconseja a menudo a muchos de sus discípulos.

En el caso de Drury, por ejemplo, esto funciona a la perfección: consigue trabajo en un proyecto con mineros en paro de Gales y acaba ejerciendo, como le aconseja Ludwig, la medicina. Pero en el caso de Francis Skinner las cosas se complican. Francis, un matemático excelente con un futuro prometedor, acaba trabajando de aprendiz en la Cambridge Instrument Company. En una ocasión le escribe a Ludwig: “Mi trabajo va bien. Trabajo con tornillos”. Y en otra, más adelante: “Mi trabajo sigue bien. Casi he llegado al final de la fabricación de tornillos. La semana pasada tuve que trabajarlos a mano, cosa que al principio fue difícil. Ahora los estoy bruñendo y niquelando”. No parece que Francis fuera muy feliz en el trabajo, refutando a aquellos que piensan, como Ludwig o Ian McEwan, que la liberación o el refugio que se encuentra en el trabajo no se celebra lo suficiente.

Al lado de la biografía de Monk, algo más a la derecha, una entrevista con Ian McEwan. Al parecer, en su casa, en la habitación de arriba, un tipo pinta las paredes experimentando, en palabras de McEwan, una “gran satisfacción con el trabajo y sus connotaciones de autoidentidad y estatus profesional”. No obstante, McEwan habita en un país civilizado, o en un país que supongo civilizado, y es posible que allí, como cuenta McEwan, las cosas sean diferentes. La liberación que describe McEwan parece en ocasiones la resurrección imposible de un muerto autómata: “Estar absorto en el trabajo –explica- es uno de los placeres de la vida. No se corresponde exactamente con la felicidad, puesto que en ese momento ni siquiera sabes que existes y, sólo cuando terminas la tarea, saboreas esa libertad”.

El informático salido y el comunista lógico. El fabricante de tornillos y el muerto autómata. Como en la escena repetida, una y mil veces, de la serie de televisión Camera Café, uno se pregunta: ¿Es que no hay nadie normal en esta oficina?

Ni siquiera para Vicente Verdú, a pesar de su nueva visión del mundo, más optimista, el problema parece resuelto. De acuerdo, vivimos en un contexto que no es tan terrible como a veces solemos imaginar, Internet tiene sus ventajas; pero hay algo que, se quiera o no se quiera, todavía funciona de mierda. Verdú se pregunta: “¿Cómo aceptar todavía hoy que el trabajo continúe siendo un castigo, una condena fatal y, de otro lado, el tiempo libre se alce aún como la bíblica metáfora del más allá? ¿Cómo no haber superado el orden primitivo para instaurar un sistema en donde ocio y laboriosidad formen una continuidad de profundidad indistinguible cuyas emociones sean tan compatibles como intercambiables, proveedoras de peripecias surtidas y no sólo representativas del bien y el mal?” Y concluye: “Si, a estas alturas, como se constata masivamente, el bien se encuentra separado del trabajo ¿no se habrá dado por buena una brumadora victoria del mal?”.

Cuando me miro en el espejo, veo a un hombre más cansado, envejecido y seco, que lucha contra las heridas del estrés y contra el tiempo vacío y muerto. Mi ADN está tan castigado que ha envejecido mucho más veloz que mi edad cronológica real. El estrés altera la genética de células y tejidos y dibuja en el espejo el rostro insufrible de un desconocido. ¡Joder, qué tipo más feo, asquerosamente feo, estúpidamente feo! Pero, ¿es que no hay nadie normal en esta oficina?

NEUROTRANSMISIONES

Según Robert Sapolsky, profesor de Neurología en la Universidad de Stanford, existen motivos suficientes para pensar que la depresión constituye un trastorno bioquímico, algo que no funciona como debiera en la química cerebral. Un mensajero químico, la serotonina, deja de trabajar correctamente favoreciendo la vulnerabilidad biológica. Cuando la presencia de esta sustancia disminuye en el cerebro, las neurotransmisiones se colapsan o algo parecido. Es como si Telefónica se hace cargo de la totalidad de los circuitos cerebrales, nada funciona como es debido. La lluvia golpea en los cristales y las frases se pierden en el diálogo, pequeñas e inservibles, inútiles e innecesarias. Una cuestión genética viene a complicar aún más las cosas. El gen que codifica la proteína que determina cuánta serotonina se comunica entre las neuronas comienza a equivocarse. O, mejor dicho, se indispone y se transforma en un gen equivocado. Pero los genes, por sí solos, no determinan nada. Como añade Sapolsky, los genes determinan ciertas cosas en entornos concretos, es decir, en determinadas situaciones.

Norepinefrina, serotonina y dopamina. Tres neurotransmisores, tres vírgenes de la tristeza. El uso de técnicas de visualización que permiten observar el funcionamiento del cerebro de manera directa, parece anunciar la posibilidad de un conocimiento cierto de las bases neurales de nuestra vida emocional, de la comprensión de qué ocurre en el sistema nervioso cuando experimentamos amor, alegría o tristeza. La tomografía por emisión de positrones, que mide el aumento del oxígeno que se observa tras la activación de cualquier región cerebral, indicaría que no existe un área cerebral concreta correspondiente a la felicidad o a la tristeza, pero apuntaría a la posibilidad de obtener un mapa cerebral de nuestras emociones.

Los mapas cerebrales señalan lugares fantásticos donde aguardan, adormecidas, nuestras más terribles pesadillas. La amígdala, por ejemplo, una estructura localizada en la parte inferior y lateral del cerebro, se presenta como la auténtica capital del miedo. Según Juan Carlos López García, doctor en filosofía por la Universidad de Columbia, “monos sin amígdala dejan de mostrar el terror que normalmente sienten al ver una serpiente, mientras que gatos en los que la amígdala se estimula eléctricamente se comportan como si estuviesen acorralados, mostrándose agresivos y tratando de defenderse contra un enemigo invisible”. Si por mí fuera, me extirparían en este mismo momento la amígdala o lo que sea. Tengo miedos irracionales a seres sobrenaturales (bueno, si no sobrenaturales, al menos feos de cojones) y sueño con monstruos imposibles herederos de las fiebres de Lovecraft. Me pasa a mí y les pasa también a unos cientos de miles de mis conciudadanos por estas fechas. Es lo que tiene vivir en el paraíso, cercado por las obras, que uno se vuelve un majadero asustado.

Monos, genes, locos y neuronas. Hay algo ahí afuera, pero intentar explicarlo me llevaría a excesos de percepción y a errores injustificados. Es lo que le ocurre también al protagonista de La piel fría, de Albert Sánchez Piñol. Acaba de tomar posesión de su isla y observa con extrañeza todo cuanto le rodea. La playa, las rocas de origen volcánico, el límite entre el mar y la tierra… Aun así sabe que su descripción no es fiable. Un sol tan triste como una conexión vacía de serotonina complica mucho las cosas. Es lo que puede ver, seguro, pero sabe que “el paisaje que un hombre ve, ojos afuera, acostumbra a ser el reflejo de lo que esconde, ojos adentro”.

ATASCO Y TALENTO

Al principio la muchacha del dauphine había insistido
en llevar la cuenta del tiempo,
aunque al ingeniero del peugeot 404 le daba ya lo mismo.

Julio Cortázar, La Autopista del Sur.

El cuento es un relato que encierra un relato secreto.
Ricardo Piglia

La historia de la depresión es la misma siempre. Me encuentro atrapado en un terrible atasco, en el Día Europeo sin Coches, o enlatado como una sardina entre dos estaciones de metro. El cuerpo del delito, ahora, es un bulto sin atributos. La gripe se insinúa en el gesto desconocido de un extraño. La continuación del episodio resulta tan previsible que obviaré los indicios posibles de la aventura.

Me comenta una amiga bonaerense que porqué no escribo una novela. No un ensayo, dice, “no sobre lo que el otro dijo, sino todo sobre usted solito”. Me llega su escritura metálica, electrónica, a la hora de la lluvia, una lluvia olvidada de gotas azules, una lluvia musical, elegante y ligera.

En el fondo, nunca me gustaron las novelas. O me gustaron, únicamente, ciertas novelas: de aventuras, policíacas, de ciencia ficción… Siempre me gustaron más los cuentos, porque mi propia historia, quizá (me gusta imaginar), se escribe, día a día, bajo las coordenadas generales de un cuento. ¡Así es la vida, mi vida! Y una novela de quinientas páginas sería un derroche injustificado para contar lo que puede contarse en una vuelta de tuerca o en un minuto.

En su Tesis sobre el cuento, Ricardo Piglia explica las virtudes del género. Subrayo tres características básicas. Primero: “Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario”. Segundo: El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”. Tercero: “El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta”.

Imaginemos ahora, como indicaba antes, que mi vida se desarrolla bajo las coordenadas generales de un cuento. Hay una prueba cierta, la de la lucha por la subsistencia, y una afición exacta que se desarrolla cada día ocupando lo mejor de la jornada: el blog y la escritura, una vez a la semana, o cuando alguna lectura enriquecedora ilumina con fuerza el corazón de las entrañas. Y, ¡claro!, no es de extrañar entonces que alguien te pregunte interesado: ¿Y por qué no escribes una novela?

El relato visible no es otro que las andanzas de un tipo que escribe, o que cree que escribe, y que pierde un tiempo precioso en las reivindicaciones de su propia escritura. En ocasiones, incluso, una gesta heroica, inesperada, le hace muy famoso: ¡Hay ay un perro que dice ahí!, escribe, y crujen a un tiempo el hipertexto y el ciberespacio. ¡No me lo puedo creer! ¡Qué vergüenza! Menos mal que Joyce, le cuentan luego, también escribía con faltas de ortografía.

Al final del cuento, en mitad del atasco, aparece (¿artificialmente?) aquello que estaba ya en sus manos y permanecía, a la vez, oculto; en el diario, en una entrevista a Martin Amis: “Lo que no tolera la sociedad actual –escribe el británico- es que pueda haber una suerte de élite en el mundo literario. El afán de allanar las diferencias, de buscar una nivelación, de manifestar que todos pueden hacer lo mismo puede a la larga terminar con este trabajo. Lo comentábamos hace poco con unos colegas en Boston: la literatura tal como la entendemos se ha acabado, no existe. Todo viene del radicalismo del 68, donde se defendía que no hay opiniones superiores, que todos valemos lo mismo. Pero el talento no se reparte de manera igualitaria. Algunos lo tienen, otros no. Eso se respeta en el mundo de la ciencia, pero no en la historia, la novela o la sociología. En esos campos se da por hecho que todos valen lo mismo”.

La vida secreta, al descubierto, no es otra que la imposibilidad o la incapacidad, por parte del responsable de este blog, de escribir una novela.

Una novela, un cuento, un ensayo…

Cuando levanto la vista, los vehículos comienzan a moverse, a perderse veloces, como en el cuento.

Parece que acaba el atasco.

LOS OJOS AJENOS

Buscamos a un escritor,
pero encontramos a otros escritores que no son Peter Handke.

Félix Romeo

Los campos se obscurecen.
Antonio Machado

I

Llegar a Soria y abrazar el frío. Primeros gestos de la lluvia a las puertas de la estación del ferrocarril, a primeras horas de la mañana. Lo que queda de una tormenta de verano o lo que queda de ayer, de ese verano.

No sé si vengo a Soria después de leer el cuaderno de viaje de Félix Romeo, es decir, por culpa de este cuaderno, o si me pongo a leer a Félix Romeo tras decidir pasar unos días en Soria. ¡Ahora da lo mismo! Félix llegó a la capital castellana a finales de junio, el mismo día de La Saca, buscando desesperadamente a Peter Handke (mientras los sorianos corrían los toros), buscando a Peter Handke desesperadamente. ¿Buscaba yo ahora, a mi manera, a Félix Romeo desesperadamente? Andando por el aire, como los personajes de dibujos animados que Handke mostró a Félix, y que éste mostró a todos en su primera novela, abandonamos las afueras de una ciudad pequeña, muy pequeña, y buscamos la raíz del agujero negro, el centro exacto de la diana, el lugar donde pasan las cosas.

II

Hacemos el camino inverso al que se refiere Félix en su cuaderno. Es decir: cruzamos el puente sobre el Duero, el puente de un sólo sentido regulado por semáforo, en dirección a Zaragoza. A la izquierda del puente, nos acercamos a San Juan, San Juan de Duero. En el Claustro, disparamos fotos como locos y obligamos al encargado del monasterio de los caballeros sanjuanistas (Hospitalarios de San Juan de Jerusalén) a salir a nuestro encuentro. Al parecer, lo hace con todos los turistas. Hay que pagar dentro, nos dice, en un pequeño habitáculo de lo que queda de iglesia. Después, si queremos, podemos seguir tomando fotografías. Aún luce un sol cobarde, picajoso, y seguirá así hasta la tarde; pero acabada la siesta se acabará el sol para el resto del viaje, justo al llegar al verso donde Antonio Machado da fe de lo que está ocurriendo: “los campos se obscurecen”, escribió el sevillano. Y se oscurecen, sin remisión, ahora como entonces.


III

En su prólogo a Campos de Castilla, Machado dispara una pregunta científica: “¿Seremos, pues, meros espectadores del mundo?”. Es posible. Al menos aquellos que, a nuestra condición de turistas, añadimos cierta propensión a la literatura. Literatura, claro está, de viaje, porque, ¿existe acaso otro tipo de literatura? Félix cita a Ricardo Piglia para intentar aclarar el asunto. Para el argentino, toda la literatura es una investigación o un viaje. Una investigación interna o una investigación externa. Un viaje interno o un viaje externo. Así, la literatura se reduce a este juego de ida y vuelta o de dentro hacia fuera. Así, lo géneros desaparecen y podemos echar a caminar, despreocupados, por las distintas versiones del paisaje.

IV

Buscando a Handke, o a Félix Romeo, siguen apareciendo escritores. En el escaparate de la librería Las Heras, en el número 38 de El Collado. Cuaderno del Duero, de Julio Llamazares. Literatura, es decir, un nuevo cuaderno de viajes. En este caso, un cuaderno sin pulir, como piedra preciosa o diamante, sin las correcciones que lo transforman en libro; un cuaderno que recorre la ruta líquida del río y que quedó, como nos cuenta el propio Llamazares, en parte inacabado. La ruta española del Duero. Y algo más allá, Tras-os-Montes, la ruta portuguesa. En Soria, Julio Llamazares apunta con precisión, alejado de metáforas. El viaje comienza con la misma sensación que atrapa a otros viajeros: “Soria bajo la lluvia”, escribe el de Vegamián, y añade luego: “Es fiesta y todo está cerrado. Compramos algunos libros, desayunamos y ponemos rumbo a Duruelo”. Buscando a Handke, a Félix Romeo o a Julio Llamazares, uno acaba repitiendo los mismos gestos y los mismos materiales del viaje. De pronto, se hace necesario cubrir los brazos, calentar estómago y extremidades, atacadas por el frío. Llamazares, que escribió su cuaderno del 1 al 14 de mayo de 1984, imagina paisajes canadienses y deja constancia de la partícula elemental de la meteorología: “De repente –escribe-, el invierno”.

V

Habla Romeo, en su cuaderno de viaje, de un Moncayo japonés visto desde el lado de Aragón, un Moncayo, como el Fujiyama, elevado desde el valle del Ebro como un hongo sin rivales. Desde el lado castellano, sin embargo, el Moncayo parece un monte con visera de nubes, un monte negro azotado hoy por la humedad y por los golpes de lluvia. Andamos por Tierra de Ágreda, avanzamos por una carretera que deja a ambos lados un paisaje terrible y sorprendente. Amante como soy de las citas, no puedo dejar de pensar en la que he leído al comienzo del libro de Julio Llamazares. Lo dejó escrito Ortega y voy pensando en ello mientras me faltan ojos, ojos propios, ojos ajenos, para cubrir la inmensidad de lo visible. “Castilla, sentida como irrealidad visual, es una de las cosas más bellas del universo”. A lo lejos, como una pared de piedra, nos espera el Moncayo.


VI

Y siguen apareciendo escritores. En Ágreda, la mística doble de Sor María Jesús de Ágreda, autora de La Mística Ciudad de Dios, allá por los años del siglo XVII. Y digo doble porque, al parecer, la monja agredeña tenía la virtud esotérica de habitar en dos lugares a la vez, “bilocada en su clausura conventual –narra un folleto explicativo- y a miles de kilómetros a un tiempo”. Sor María Jesús asesoraba espiritual y políticamente a Felipe IV y, en el mismo momento, charlaba con los indígenas de Nuevo México y Texas. Para los amantes de Códigos da Vinci y similares hay versión castiza de las andanzas multidisciplinares de La Dama Azul. Esta vez de la mano de Javier Sierra. Positivistas competentes, abstenerse.

VII

Ágreda y el barrio moro. Desde el Centro de Interpretación de las Murallas callan los mismos huertos que labraron manos que ahora callan. Una llamada al móvil me recuerda, asesina, las voces del presente.

VIII

El verso de Machado, ahora. ¿Desprecia, Castilla, cuanto ignora? Así, la gastronomía, la mística y las nuevas tecnologías. Compramos recuerdos gastronómicos (embutidos caseros, vino de la ribera del Duero) en el número 34 de El Collado. Cuando pagamos, una dependienta muy atenta nos ofrece un catálogo con todos los productos en venta y nos informa, amablemente, de la página web desde donde podremos hacer nuevos pedidos al llegar a casa. ¡Autoservicios Muñoz en el ciberespacio, como mandan los tiempos! En Ágreda, en el Centro de Interpretación de las Murallas, el guía que nos explica las maquetas también acude al ciberespacio para justificar sus informes. Lo de la mística dama azul es cierto, nos dice, completamente cierto. Y cuando observa nuestras caras de asombro, de cómico asombro incluso, nos señala la verdad tecnológica donde reposa la prueba irrefutable: “que sí, que es cierto –nos dice-, que yo lo he leído en Internet”. También en Ágreda, en la estación de autobuses, la esencia castellana se despliega con toda la eficacia de siglos y siglos de luddismo. Alguien llama por teléfono pidiendo información de alguna ruta o algún enlace, y comenta la posibilidad de comprobar la información desde Internet. La mujer que contesta (que también atiende, cómo la mística, la barra del bar y la llamada), responde malhumorada: “¿Internet aquí? ¡Sí, claro, hasta ahí podríamos llegar!, ¡Sólo nos faltaba eso, qué se habrán creído!”

IX

La fundación mítica de Soria quedaría en manos de un santo eremita. “Así es que, tan ciertamente como sabéis que la ilustre Cartago fue fundada por la bella Dido, igual debéis admitir que Soria fue creada por Saturio”. Juan Antonio Gaya Nuño, el penúltimo escritor de este viaje. Lo encontramos en la misma Ermita de San Saturio, en una pequeña dependencia, escondida entre las rocas, donde pueden adquirirse, además, recuerdos del Santo. Llegar a la ermita, que duerme colgada en la roca, es toda una experiencia para urbanitas militantes como nosotros. Desde el templario San Polo, el paseo de chopos y olmos certifica que la antinaturaleza no es más que una pesadilla de verano. El Santero de San Saturio es la pequeña joya que pone punto final a este viaje, no sin antes dejar abiertas las puertas de la risa y de la poesía. La novela de Gaya Nuñoz es la crónica de la ciudad soriana de finales de 1950 y viene a contestar a esa otra pregunta que, al principio del viaje, nos hacía el poeta Machado: “¿Seremos, pues, meros espectadores del mundo?”. Es posible, pienso. Leyendo las aventuras del Santero, nadie podría negarlo. Y vuelvo al prólogo que el propio Machado escribió para sus Campos de Castilla: “Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer que no existe de por sí, sino por nosotros. Pero si, convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ¿Qué hacer entonces? Tejer el hilo que nos dan, soñar nuestro sueño, vivir; sólo así podremos obrar el milagro de la generación”. De nuevo el viaje y la investigación, lo interno y lo externo. ¿Les suena? Hacía muchísimo tiempo que no leía a Machado y me lo llevo puesto, espero que por mucho tiempo, gracias a este viaje. El capítulo que Gaya Nuño dedica a Los poetas, también ayuda lo suyo. Los ojos ajenos (los de Unamuno en Salamanca, los de Machado en Soria) son los ojos imaginarios de los poetas, los ojos que nombran las cosas que los nativos desconocen. ¿Son así las cosas o así nos gusta imaginarlas a los amantes de la literatura? Para Gaya Nuño, nadie había cantado al Urbión como Machado, nadie había cantado a la sierra Cebollera y al Moncayo. Antes del poeta, los sorianos “no veían el maravilloso paisaje, la tremenda geología soriana”. Más tarde, los ojos multiplicaron a los ojos y todos los espectadores pudieron seguir contemplando el espectáculo. Mundo de rocas, pedregales desnudos, pelados serrijones. ¿Ha visto alguien a Handke, a Félix Romeo, a Gaya Nuño, a Julio Llamazares? Mundo del Dios Ibero que necesita de ojos extraños, de ojos ajenos. Pasan hombres y mujeres y, a pesar de todo, así continúa el viaje. “Es la geografía la que no cambia”.


X

“Son tierras para el águila, un trozo de planeta por donde cruza, errante, la sombra de Caín”.

Lo siento, Félix, pero prefiero Extremoduro a Gabinete Caligari.

De repente, el invierno.


LA PARED DE CRISTAL

Pero nada es demasiado bueno para nuestros hijos
George Hadley

Al parecer, nada ha cambiado. El espacio continúa dividido en sectores estancos y sectores privados. A este lado, la pasividad satisfecha; a este otro, la revelación divina. El sacerdote imparte la ceremonia y el público vibra con los dogmas. ¡Como siempre! Yo también jugaba con Joe Strummer, hace tiempo, y estos locos sólo han cambiado las formas. No hay nada nuevo bajo la luna de los grandes acontecimientos. Elvis, aquí mismo, estaría muy satisfecho.

“George, me gustaría que le echaras un ojo al cuarto de jugar de los niños”. Así comienza La sabana, un maravilloso cuento de Ray Bradbury. Atendiendo la petición, George se convierte en un curioso explorador que debe responder a una pregunta amenazante: ¿Qué diablos pasa en el cuarto de jugar de los niños? ¿Por qué África, ahí mismo? ¿Por qué esas fieras y ese olor penetrante a sangre y a muerte?

La metáfora del explorador, del antropólogo, resulta entonces muy generosa. Yo mismo, por ejemplo, como George Hadley, observo a los nativos enanos (no tan enanos a veces) y tomo notas. Lo primero, situarse frente al grupo de los elegidos: Zenit song lyrics, Alcorcón rap y el telescopio natural de las estrellas, reduccionista y etnocéntrico. A tomar en cuenta: cierta cadena de afectos. Una cosmología extraña y una nueva interpretación de las calles, a las puertas singulares del infierno.

Imagino a mis nativos como a los hawaianos que recibieron al capitán James Cook, allá por el año 1779. Zenit sería el mismísimo Cook, el dios Lono, y el concierto la gran ceremonia Makahiki, el renacimiento anual de la naturaleza, la llegada desde el escenario de la divinidad de turno ataviada con su correspondiente atuendo tapa, broncoestilo y piel de pájaro, siguiendo la dirección de las agujas del reloj, desfilando orgulloso por los recovecos de la isla.

Si a Cook le falló el mástil (tuvo que volver a la isla, al escenario, cuando no le correspondía, lo que acabó costándole la vida) a Zenit, en cambio, todo le va viento en popa. Está en su casa y no resulta un extraño para los nativos; todo queda en familia.

Yo, en cambio, recojo mis bártulos y abandono la partida; ya he visto demasiado y, además, éste no es mi juego. No me arriesgo, ni quiero que me ocurra como a Hadley. En ocasiones, la pared de cristal se quiebra y aquello que parece un espejismo cobra vida inesperada. Las fieras están ahí y sólo desde afuera, conjurándolas, podemos llegar a comprenderlas. El juego de los niños no es el juego y, a este lado, entre herramientas y sombras, aún estamos a salvo.

TERRACITA DE VERANO

A pesar de las ilusiones racionalistas, e incluso marxistas,
toda la historia del mundo es la historia de la libertad.

Albert Camus

Quizás, como en otras ocasiones, el problema estuvo en la maldita pregunta, en cómo planteamos la maldita pregunta, y no en el contenido posterior de las respuestas. Si hubiésemos enfocado la cuestión desde otro punto de vista, desde otra luna, galaxia o planeta enano, hubiésemos llegado, me imagino, mucho más lejos. Porque la pregunta, en sí misma, era una pregunta trampa, equivocada, una mala pregunta. Y no conviene olvidar que, los allí presentes, contra lo que pudiera pensarse en un principio, jugaban todos con idénticas armas a un mismo juego, y estaban en condiciones, por tanto, de entender a la perfección el contenido de cada jugada.
 
Un grupo de ciudadanos occidentales alrededor de una mesa, en una terracita de verano: coca-cola, aperitivos y cerveza. Nada de impedimentos físicos, psicológicos o legales. Ninguna clase de atadura o parálisis, nada de marginación, exclusión discriminatoria, drogas o tortura. Nada que ver, por tanto, con los excesos terribles de la miseria y de la ignorancia. En una palabra: todos sabíamos muy bien a qué estábamos jugando. Tampoco hacía falta desarrollar, al detalle, una diferenciación de los supuestos que podían dificultar más las cosas. Ni distinción entre ética/moral, campo deontológico y campo político, ni acceso a la triada mágica de la ética analítica, es decir: metaética, ética aplicada y ética normativa. Bastaba tan sólo con un poquito de sentido común mezclado entre las cervezas y los sagrados aperitivos. Gente dispuesta a entender la ética como la herramienta más indicada para dar sentido a la propia libertad, y no como un código preestablecido y secreto.
 
“Nadie es libre –escribió Bob Dylan-. Hasta los pájaros están encadenados al cielo”. Aunque también podríamos contarle un par de historias al viejo poeta, presentarle un par de ejemplos, a ver si así, con la ayuda de todos, comprende la importancia, incorregible, de ambicionar el vuelo.
 
Como si de una historieta más de Pericón de Cádiz se tratase, José Manuel Caballero Bonald cuenta en sus memorias la curiosa aventura de los acostados, ese sector de su familia que, en un momento dado, elige la cama como lugar más idóneo de residencia. La paradoja de esta acción, en este caso, es que provoca, directamente, la inactividad más absoluta; casi absoluta, podríamos decir. Pero dudo mucho que podamos negar que son ellos, los propios interesados, la rama Bonald de la familia de Caballero Bonald, los que toman sus propias decisiones, por encima de todo y de todos, independientemente de que podamos pensar (o no) que resulta muy sencillo, en su caso, dimitir de los afanes de cada día, desprenderse de todas las posesiones y de todas las riquezas. Al diablo con la economía doméstica –eligen los acostados-, al diablo con las bodegas de Jerez y el negocio de la botica. Tumbados y acostados la mayor parte del día, abandonando el lecho únicamente para responder a las voces embriagadoras de la ginebra con albahaca. “El tiempo no tiene paredes”, en una placa de hierro esmaltado, en el estudio de arquitectura. Y, bajo esa placa, como una gran máxima filosófica, una nota que debería figurar, obligatoriamente, a la entrada de todos los negocios: “Se atiende a las 7 o a las 8”. ¡O ya se verá cuándo se atiende!
 
No hace falta sacar los pies del tiesto –entiendo- para llegar a comprender en qué consiste el juego de la libertad, de la libertad en acción, de la libertad y sus responsabilidades. Otra cosa bien distinta es que nos neguemos, sistemáticamente, a jugar a este juego. ¿Miedo a la libertad, acaso? No, no lo creo. ¿Que el anterior ejemplo carece de peso específico? Depende. A veces, lo más sencillo guarda el poder de las cosas complicadas. Y, a veces, es justamente al contrario.
 
¿Y los obstáculos que la realidad enfrenta a nuestros deseos? ¿Y las determinaciones derivadas de nuestra situación histórica, de nuestra clase social, de nuestro entorno más inmediato?
 
Mike Friday, de Benin City, Nigeria, parece decidido a saltarse, de un sólo golpe, todos los obstáculos que le han tocado en suerte, a dejar las determinaciones arrinconadas a un lado del camino, para vencer la sensación de frustración y alcanzar su objetivo más deseado. “Yo no paso hambre; si quiero, puedo encontrar algo que hacer y conseguir algo de dinero. Tengo un móvil, una casa y una cadena de música. Lo que quiero es lo mismo que tenéis vosotros”. A diferencia de otros emigrantes africanos que se han visto obligados a abandonar sus países debido a la guerra, el hambre y la pobreza, Mike Friday –nos cuenta Álvaro de Cózar- ha decidido jugarse todo a una carta ganadora, a una sola carta, para alcanzar así la misma vida que disfrutamos nosotros a este lado del estrecho. Por eso mismo, por no estar acuciado por el cielo insalvable de la necesidad, la elección de Mike parece, si cabe, mucho más libre. Mike sueña, desde pantallas conectadas a las antenas parabólicas de su cibercafé favorito, con la posibilidad de un mundo distinto. ¿Y la policía, Mike –pregunta el periodista-, y el paro, la xenofobia, los problemas con el idioma? ¿Cómo vas a ejercer tu libertad con todas estas determinaciones de por medio? Y Mike, dispuesto a cruzar de nuevo África y a enfrentarse con la valla de Melilla, contesta con gesto despreocupado y una sonrisa: “No hay problema. Soy nigeriano. Soy listo y sabré acostumbrarme. Será duro, pero tengo que salir de aquí”.
 
Mientras tanto, en otros lugares del planeta, se admiten como invencibles versiones negativas de la Matrix, pero sin olvidar del todo que Neo, El Elegido, se pasa toda la historia prisionero de sus propias decisiones: ¿pastilla roja o azul?, ¿asaltar un edificio para salvar a Morfeo o matarlo?, ¿la puerta de Trinity (el pathos) o la de la fuente (el logos)?, ¿ir a la ciudad de las máquinas o quedarse en la nave?, ¿seguir luchando contra Smith en la batalla final o rendirse?
 
La otra noche, sentado a la mesa de la terracita de verano, cuando planteé estas cuestiones o cuestiones parecidas a éstas, no suponía que iba a recibir en pleno rostro el impacto de una palabra arrojadiza. ¡Tío, tu eres un liberal! Al que esto suscribe –pienso-, se le podía haber tachado de idiota, de iluso o de incompetente, pero no necesariamente de “liberal”. Más que nada, porque yo no estaba pensando, cuando usaba estos ejemplos, en Friedrich von Hayek, el sobrino de Ludwig Wittgenstein, sino que pensaba, más bien, en un filósofo francés bastante alejado ideológicamente del economista austriaco.
 

Estamos condenados a la libertad, explicó hasta la saciedad Jean-Paúl Sartre, pero no parece que algunos estén dispuestos a enterarse. Y no se trata, en mi caso, de llegar al punto de conocer si Sartre tenía o no tenía razón. Me explico. Sartre partió del supuesto hegeliano de que “el hombre no es lo que es y es lo que no es”, es decir, de que el hombre está completamente por hacer. A partir de ahí, Sartre desarrolló toda una filosofía ética basada en la premisa de que el hombre debe inventarse a sí mismo, constantemente, ya que no está predeterminado por ningún tipo de esencia o carácter inmutable. Según esto, mañana puedo tener un aspecto más saludable y completamente distinto del que tengo ahora (mañana, incluso, puedo pensar de forma distinta a como pienso ahora), y eso es lo que más me interesa, en una palabra, de la ética de Sartre. Lo contrario, no lo duden, sería completamente aterrador y conllevaría, mucho me temo, la imposibilidad de que cada uno escriba su propia autobiografía, es decir, confiese, a quien quiera escucharle, que sí, que ha vivido. ¿Conocen alguna idea más atractiva que ésta en el mercado/conversación dedicado al libre albedrío?
 
En su Diccionario Filosófico, Fernando Savater considera esta última posibilidad como un respetable argumento literario a favor del libre albedrío. ¡La posibilidad de una autobiografía! Savater echa mano de las Memorias de Giacomo Casanova para recordarnos que, para una asunción honrada de la propia libertad, uno debe creerse libre, ya que lo contrario supone no asumir las propias responsabilidades: “nadie se cuenta a sí mismo su propia vida como un proceso mecánico, ni debe engañar a los lectores relatándola como un cúmulo de fatalidades”.
 
Los tiempos cambian y, tal como apunta Zizek, poco quedará de esta ética cuando un fármaco pueda hacernos más valientes, más lúcidos y más generosos.
 
Mientras llega el futuro, mejor dedicarnos a la invención e inventarnos un poco más, de nuevo, a nosotros mismos. Aunque, ¡quién sabe!, igual inventamos un producto, excelente, que vence también al tiempo, al futuro, y que logra escapar a ese estado que aún le mantiene pegado al cielo.
 
¡Hey, Dylan!, ¿has visto por ahí al pájaro?

SPUNK Y METAFÍSICA

“Post physicam, quia id es de eo, quod est post naturam”.
Domingo Gundisalvo, De divisione philosophiae.

“Aclarar si esta jugada es científicamente la mejor roza lo metafísico”.
Leontxo García

En uno de los capítulos más divertidos de las aventuras televisivas de Pippi Langstrumpf, la Calzaslargas pasa toda la jornada de un lado para otro en compañía de sus amigos de siempre, Tommy, Annika y el señor Nilson, a la caza de un objeto imposible que parece resistirse, un objeto de nombre difícil y aspecto secreto, un objeto inasible, aproximado e hipotético que, además, no ha visto nadie. Pippi Langstrumpf, la anarquista con trenzas creada por la escritora sueca Astrid Lindgren, busca un “spunk” y en su búsqueda arrastra a sus compañeros de aventuras por un camino empedrado que estos recorren poco convencidos, incómodos a veces, sospechando que están perdiendo el tiempo de nuevo, como en otras ocasiones, y que no va a ser nada fácil encontrar esto que obstinadamente busca su amiga. ¿Es que no habéis visto nunca un “spunk”?, parece preguntarles, entre traviesa y vanidosa, Pipilota Victualia Rogaldina. ¡Qué poca imaginación tenéis! Pero la cara de Tommy y Annika refleja algo más que ausencia de imaginación: ambos están resignados y aburridos. Y en su rostro, conforme avanza la jornada, va dibujándose la fórmula sencilla y natural de una pregunta. ¿No habrá creado Pippi, en su exceso imaginativo, un nuevo objeto metafísico? Al final de la aventura, Pippi acude a un médico y le explica, tumbada sobre la camilla, que se encuentra enferma, gravemente enferma, y que toda su enfermedad imaginaria se deriva de ese ente misterioso. ¡Doctor –acierta a decirle Pippi- me duele el “spunk”!
 

La misma cara se me ha quedado a mí después de intentar, sin éxito, el reencuentro con la lectura tras las cortas vacaciones de verano. Y el caso es que todo iba bastante bien al principio. La introducción al libro, de la mano de un catedrático de la Universidad de Barcelona, estaba resultando realmente interesante: un hombre escondido tras las imágenes de Magritte (no confundir con el inspector Maigret, el personaje de Georges Simenon) y un hombre escondido tras las criaturas de Bacon (no confundir con Francis Bacon, el filósofo) y, bueno, este tipo de cosas. Pero, de pronto, ya metidos en materia, el libro en cuestión se me fue llenando de spunks, spunks sospechosos, volátiles, tenebrosos. Y, finalmente, cuando el ojo derecho se me desprendió del todo chocando distraído contra la mesa, comprendí que aquello, irremisiblemente, se había terminado. Sí, de acuerdo, cabe la posibilidad de que el libro en cuestión me encontrara algo desentrenado, pero ¿se imaginan ustedes al “Yo” como persona lingüística irreductible al “Él”, al “Yo” como conectador o suireferencial? Pues yo tampoco, ¡qué quieren que les diga! Al menos en estos momentos.

¿Me encuentro ante un caso de infección metafísica en toda regla? Depende. Ante el uso y abuso desmedido que, a lo largo de la historia, unos y otros han hecho del término “metafísica”, Ferrater Mora aconsejaba “abstenerse de discutir acerca de si es legítima o no “la” metafísica, o eliminar en lo posible esta palabra del vocabulario filosófico”.

De acuerdo. Entonces, podemos llamar “realista” (abusar de la palabra “spunk” acabará también por agotar el concepto) a esta curiosa manera de ver las cosas. Y, sí, también entiendo que la utilización del término “realista” para señalar a este tipo de personas, a este tipo de comportamientos, puede complicar aún más las investigaciones, pero no encuentro un término más apropiado para definir este complicado asunto, este lío terrible. Daniel C. Dennett, en su reintroducción a El concepto de lo mental, de Gilbert Ryle, lo explica de este modo: “Imaginemos a alguien cuyo entusiasmo por la reflexión metafísica está tan afectado por la inepcia que cuando el banco le informa de que su cuenta está al descubierto se convence a sí mismo de que el moderno sistema bancario ha creado una nueva clase de Sustancia Cósmica: el anti-dinero-en-efectivo convertible en minus-libras-esterlinas, negodólares, euros vacuos, etc. Siendo una persona tan “realista” para todo –concluye Dennett- se convence de que su banco le ha informado de que en un contenedor identificado con su nombre guarda, de algún modo, una cantidad específica de antidinero”. ¡Realista, el tío! ¿Verdad? Más agresivo, si cabe, Peter Medawar (en la traducción estupenda de su famosa sentencia que saboreo en el blog de Javier Sampedro) dispara directamente a la cabeza: “tras un párrafo opaco siempre se oculta un ignorante o una trama delictiva”. Y es aquí, llegados a este punto, cuando empezamos verdaderamente a entendernos. ¿Un nuevo capítulo, quizás, de esa actividad denominada filosofía a mano armada?

En el cuadernillo dedicado a Ludwig Wittgenstein que recientemente ha puesto en circulación la Editorial Tilde, encuentro esta aproximación a la cuestión “metafísica”, a la supuesta “profundidad” del lenguaje filosófico, y a la reivindicación que hace el austriaco del lenguaje ordinario: “Se puede decir, aquí, que la metafísica no es más que una ocupación de pedantes (palabra derivada de pedagogo y que tiene sentido peyorativo: el que camina con otros, enseñándoles conocimientos cuya importancia o prestigio es directamente proporcional a la oscuridad con que se formulan)”.

Wittgenstein, llegado el caso, también ejerció de implacable destructor de sí mismo: “Somos, cuando filosofamos, como salvajes, hombres primitivos, que oyen los modos de expresión de hombres civilizados, los malinterpretan y luego extraen las más extrañas conclusiones de su interpretación”.

Mucho cuidado, entonces: oír los modos de expresión, malinterpretarlos, y luego extraer las más extrañas conclusiones. De ahí a la caza del “spunk” hay sólo un paso, y Ludwig lo sabía. Aunque no coincidiera en el tiempo con Pippi Langstrumpf.

 

SAMPLEANDO SAMPLER

“Para que el concepto de música (y también el de ruido)
no se decida en un tribunal, yo preferiría
que permaneciera en la gran oleada de la historia”.

Ryoji Ikeda

I

Abro los ojos. El viento barre con fuerza los campos, despierta a los seres vivos, transforma la mosquitera donde habito en una nave en movimiento, en una trepidante coctelera. Ante el espectáculo fantástico que me rodea (aguacates, mangos, chirimoyas) juego a pensar en un destino tropical o en una pesadilla, en un sueño habanero postergado o en una realidad teñida de naturaleza y árboles frutales, al amanecer, en la Perla de la Axarquía. Ante mí, sin pausa y sin prisa, todo cambia de forma y de color, de tiempo y de misterio, anunciando novedades y presencias desconocidas. El sol ilumina aquello que antes no existía y puedo comprobar, con extrañeza, la inmensidad elemental que me limita. Como era de esperar, mi relación con el medio ambiente no es buena. Anoche, utilicé por vez primera el término que explica todo esto: antinaturaleza. Los que gozan del entorno son para mí jugadores extraños, personas que estarían dispuestas a morir por el ataque de un enjambre de abejas con tal de disfrutar de un amanecer como éste. Y no exagero: la chica de ayer contaba, con toda naturalidad, divertida, aquella tarde en que se le cerraron de golpe los músculos, agarrotados, aquella tarde que vio paralizarse la circulación total de la sangre, tras la picadura asesina de treinta o cuarenta melíferas del género Apis. ¡A ella, a una auténtica nativa, natural de estas tierras! En fin, que no quiero ni imaginar qué harán estos bichos mortíferos con los extranjeros. ¿Aprovecharán nuestro sueño para ejecutar un ataque definitivo, artrópodos, mandibulados, miriápodos, litobiomorfos, mosquitos incluso, y acabar de una vez por todas con nosotros?


II

Sampleando Sampler. (Palabras clave: ciberespacio, ciberpercepcion, cyborg, relaciones cultura/naturaleza, transhumanismo). “El hombre –escribe Clement Rosset-, desarraigado del ideal de la naturaleza, puede retornar a su verdadera… naturaleza: una “naturaleza propiamente humana”. Ecologistas, por tanto, abstenerse. Lo propiamente humano es la cultura, no la naturaleza. Una naturaleza humana liberada de la idea de naturaleza. Una naturaleza a salvo de estas estúpidas hormigas que me muerden con obstinación y a las que no puedo, ni tan siquiera, pedir explicaciones.

III

La violencia (y eso tiene a su favor) no necesita intermediarios: nadie habla por ella, habla solo por sí misma. Estoy pensando en Uno de los nuestros, de Martin Scorsese. “Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser un gángster”. Un grupo de chicos cojonudos (ellos, al menos, se consideran buenos chicos, cojonudos), muy juntos, en los barrios peligrosos. La violencia es el lazo que les une. ¿Cómo encontrar sin ella aquello que tienen (tenemos) en común? ¿Cómo demostrar sin ella aquello que te convierte (me convierte) en uno de ellos? Aún así, en las grandes ciudades, en los barrios peligrosos, hay reglas, reglas de juego, que jamás deben incumplirse. “Todos le tienen miedo porque él mismo se siente inseguro. Nadie sabe de lo que es capaz de hacer, ni hasta dónde va a llegar”. Así, Joe Pesci, el loco de la película, se hace respetar. O eso parece.

IV

¿Ya disfrutaron ustedes de su ración de artrópodos? ¿Cómo van esas postales veraniegas donde uno permanece en contacto con mundos extraños, con seres extraños?

Michel Foucault –recuerda Jacqueline Verdeaux, en la biografía de Didier Eribon- aborrecía la naturaleza. Basta que ella le muestre un paisaje magnífico –dice Verdeaux-, un lago centelleante bajo el sol, para que él, disgustado, eche a andar ostensiblemente hacia la carretera diciendo: “Yo me vuelvo de espaldas”. En cambio, en justo equilibrio de contrarios, podía pasarse horas disfrutando de los frescos de Masaccio en Florencia.
 

V

Abro los ojos. La primera idea de la mañana no deja de tener su gracia: voy a escribir una tesis. Así, como suena. Voy a doctorarme en algo, en lo que yo decida, lo que me de la gana. Ante quien yo decida o al azar de los extraños desencuentros. Así, como suena. La idea de un Tribunal que me juzgue, quiero decir: que juzgue mi tesis. Y un título: Ética y estética al borde de la desaparición. Antes de entrar dejen salir; cuidado con las puertas. Elaboro mentalmente la primera ficha. El índice como hipótesis de trabajo. ¿Una ficha de recuerdo? ¿Una ficha para citas? Anoto: las imágenes del aeropuerto londinense de Heathrow, Gatwick, Luton y Stansted, del 9, 10, 11 y 12 de agosto. Editorial: “La catástrofe frustrada”, de El País (aquí subrayo una línea: “Pero los entresijos y el alcance del compló tardarán en conocerse. Ha sucedido antes y volverá a suceder que mucho de lo que hoy parece claro deja de serlo a medida que avanzan y se afianzan o desinflan las pesquisas policiales y judiciales”. ¿Cómo se puede vivir –me pregunto- rodeado de tanta oscuridad? Y la pregunta de Luis Hidalgo a Matthew Herbert: ¿Cuáles son las consecuencias estéticas y éticas derivadas de la implantación del sampler? El artículo de Azúa, “¿Sólo una guerra?”, en relación con el trabajo de Michael Hardt y Toni Negri. “El catecismo apocalíptico” de André Gulcksmann, corto, cortito, contradictorio: la suma de las cifras de Bagdad, Darfur, Grozny, Líbano, ¿no da como resultado un número aproximadamente apocalíptico? La crítica indignada a Israel, ¿no la hacemos nosotros, ni más ni menos, porque se trata de uno de los nuestros?

VI

El sampler y el concepto de autoría. Matthew Herbert nos habla de arreglistas florales, de diferentes tallos. Según Matthew, en la escritura con samplers no puedes decir que eres la primera persona en el proceso creativo. ¿Autoría, entonces? Puro laberinto. Pero creo que Matthew se equivoca cuando considera vergonzante, en literatura, coger unas cuantas palabras de Joyce, unas pocas de Lorca, y ponerlas todas juntas. Quizás esos nombres sagrados, esas obras compactas (y los sacerdotes que las vigilan y santifican), no inviten demasiado a una mezcla en la coctelera de las máquinas de combinación infinita. Pero el Ciberespacio, el Hipertexto, y el texto a secas, si se observan con detenimiento, están gobernados por el juego poderoso de las mezclas y remezclas, por el branch or perform on request del copia y pega pirata. Y el resultado de todo ello refuerza los cimientos de un mundo que se vanagloria en la creación de su obra colectiva. Algo así como la desaparición del sujeto, pero con ruido y con furia.

VERSIONES DE VIDA, HISTORIA Y MEMORIA

Me van a permitir el vuelo de este viejo pájaro poético. El poema es de Luis Eduardo Aute, pertenece a mi educación teórica y sentimental (es de 1976) y se titula “Un sarcófago lleno de muñones”. Dice así: "Un sarcófago lleno de muñones/levita, sudando sangre,/por los rincones del bidet./No hay agua caliente, y en la bañera/no caben más gilletes./Jayne Mansfield sonríe así de grande/y Marat/resiste ante el tubo irrigador./No era previsible a estas alturas de la noche,/cuando el pájaro embalsamado de la noche/desciende como un sudario cultural.../Me duele la cabeza a guerra civil/y no me alivian ese par de aspirinas Bayer/que me ofreces con tan buena voluntad”.
 
Así es. Cuando hace un par de noches, mi hija mayor comentó su intención de acudir al estreno (próximo estreno: el director Martínez Lázaro aún trabaja en el proyecto y está previsto que finalice el rodaje a finales de este año) de Las 13 rosas, hubo, entre los presentes, quien no tardó en demostrar primero sorpresa (los adolescentes, precisamente, no se prodigan en estas materias) y más tarde cierto orgullo, mientras una mirada inquisidora juzgaba fuera de lugar mi completa indiferencia ante el asunto. ¿La aventura desdichada de 13 jóvenes, fusiladas en el Madrid de la posguerra, como cruel venganza del Régimen franquista ante el asesinato de un comandante de la Guardia Civil y su hija? ¿Las aventuras juveniles de Harry Potter o de Eminem, llegado el caso, en los suburbios imposibles de Detroit? ¿Las siete vírgenes de Juan José Ballesta? ¿La Guerra, interminable, de las Galaxias?
 
Mi más completo respeto y admiración –le dije, o al menos hice intención de decirle- para aquellos empeñados en trabajar en un espacio para la Recuperación de la Memoria Histórica. Son testimonios –pensé luego- del espíritu humano: demasiadas páginas de niebla y de asco a sus espaldas, demasiados crímenes impunes, como la mayoría de los crímenes. Se puede y se debe respetar –pensé-, nunca ridiculizaría esto; pero de ahí a mostrar entusiasmo…
 
Tragedia griega en tierras de España con delator incluido y chicas delatadas. Ellas, cuentan las crónicas, escribieron cartas a la familia, se arreglaron, se peinaron, y esperaron la muerte. “Que mi nombre no se borre en la historia”, escribió una de ellas. El sonido de las balas aún planea sobre un cielo madrileño de deudas y deudos, un cielo donde se dan cita, a contratiempo, versiones de historia y de memoria. Y, ¡ojo!, mucho cuidado, que nadie se lleve a engaño: yo también, como la mayoría de los españoles, tengo las mías; no tan dolorosas como otras, estoy seguro, pero las mías a fin de cuentas. Miembros de la familia repartidos en escenarios alternativos, intercambiables, desde la primera capital del Régimen franquista a las distintas capitales republicanas: Madrid, Salamanca, Valencia… Leyendas de jóvenes guerreros que volvieron de la sierra madrileña, asustados, con el miedo y la respiración transformados en elementos orgánicos. Mujeres nuevas, desaparecidas de las fotografías, de la mano de miembros de las Brigadas Internacionales. Niños jugando en el exilio de los naranjos (sí, ese niño, por ejemplo, que es mi padre) o esperando el barco de los niños que les transporte a Rusia o a México, lejos de España, etcétera… En fin, que yo soy la herencia, también, de toda esta historia. La Historia, la vieja Historia. Y bregando con la Historia, rozando su piel de animal caliente, uno llega a la conclusión de que hay límites que sí conviene traspasar, por el bien de todo y de todos. Porque, ¿qué es la Historia sino esa herida que sólo se cierra traspasando un límite? Que se lo pregunten, aquellos que buscan respuestas, a Sahar Zabel, que aún llama desconsolado con su teléfono móvil bajo el peso de las bombas y los escombros de la ciudad de Ghaziye. O que se lo pregunten a David Grossman, que estará llorando ahora la muerte de su hijo Uri, de apenas veinte años, aplastado entre las paredes asesinas de un carro de combate. ¿La Historia, dicen, la vieja Historia? La pregunta obsesiva, inquietante, de Günter Grass: “¿Cómo pude correr detrás de esa ideología tan inocentemente?”
 
A pesar de que el propio Hegel ya avisaba de que se trata de material inflamable, sujeto siempre a interpretaciones, de imparcialidad imposible y sólo manejable desde los supuestos de la razón (¿la razón?), algunos se empeñan en seguir jugando a un juego a todas luces insoportable, con los riesgos y sinsabores que ello conlleva. ¿Es que soportan sin más la mirada de las fotografías que muestran sin pudor el paso angustioso del tiempo? Además, el caso siempre te descubre agarrado, firmemente, a los restos de una bandera. “Esas grandiosas representaciones –escribió Rafael Sánchez Ferlosio a propósito de la obra de Susan Sontag- que son la Civilización, la Cultura de Occidente y en especial la inextinguible pitonisa hegeliana que es la Historia Universal son los fantasmas que, en diferente proporción, componen la alegoría escatológica pintada en cada bandera”. Hay que ser, pues, muy cuidadoso con aquello que acaba manchando nuestras manos. Aunque, supuestamente, se haga en nombre de aquello que reclama ahora nuestra memoria.
 
¿Un solo método, además, para aplicar el ejercicio de la memoria? No, me temo que tampoco. Lo recordaba recientemente Soledad Gallego-Díaz (y lo citaba, poco después, Juan Goytisolo) dando vueltas infinitas, interminables, a las ruinas del laberinto de Oriente Próximo. ¿El método de Elie Wiesel, fundado en una preservación de la memoria como capital precioso e incluso personalmente rentable? ¿O el de Walter Benjamín, entendido como fuente de experiencia válida para el presente y el futuro? Pueden, si quieren, seguir jugando a ello; pero (mucho me temo) la Historia no se detiene y avanza siempre en línea recta contra nosotros. El espíritu del hotel Rey David es el espíritu de todas las historias, de todas las versiones de vida, historia y memoria. En la cara A del single, Menahem Beguin es un peligroso terrorista; en la cara B, ya es el premio Nobel de la Paz: es un héroe. Historias para niños siempre escritas por esa Administración vencedora que sólo desea la sumisión de los administrados. Apenas viento que se pierde en otros vientos, tierra sagrada y territorio de los muertos. ¿Enseñar, después de esto, Historia a nuestros hijos? ¿Qué Historia? ¿Una historia pragmática que incluya nombres absurdos de reyes, fechas, batallas? ¿Una historia de la existencia?
 


Nunca leyó Marina Jinesta, hermosa y fotogénica miliciana republicana, nada que le avisara de los peligros fundados de la Historia ¿Se imaginan ustedes a Marina con un libro de Emil Cioran entre las manos? ¿Dónde hubiera abandonado el inútil fusil de asalto? “La historia –escribió Cioran- no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando se aleja de la religión, el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros a amarlo, en espera de exterminarlos si rehúsan”.
 
Traspasar los límites, decía más arriba. El episodio lo recoge László Földényi en las páginas de Dostoievski lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar. Sigo aquí la crónica de Monika Zgustova en su crítica al citado libro. Dostoievski, decíamos. Condenado a trabajos forzados en Siberia, e instalado ya como soldado raso en Semipalatinsk, el escritor ruso lee a Hegel mientras miles y miles de personas, desterradas, van llegando al paraíso siberiano. Un buen día, Dostoievski se topa con el siguiente párrafo escrito por el filósofo alemán: “Siberia se halla fuera del ámbito de nuestro estudio. Las características del país no le permiten ser un escenario para la cultura histórica ni crear una forma propia en la historia universal”. Resumiendo: que Hegel ha expulsado a Siberia (y por tanto a Dostoievski) del ámbito de la Historia. Dostoievski, ahora, ha traspasado el límite. Europa –concluye Zgustova- lo expulsa fuera de la historia, esa Europa por cuyas ideas ha sido condenado a trabajos forzados en Siberia. Pero quédense con esta idea nada desdeñable de Földényi: justo cuando Dostoievski se entera de que ha sido apartado de la historia por la cual ha soportado todo tipo de persecuciones, nace en él la convicción de que la vida posee ciertas dimensiones que no tienen cabida en la historia y en su racionalidad, y llega a la conclusión de que la historia manifiesta su esencia a quienes antes ha excluido. Es decir: lo que en un principio se muestra como terrible tránsito por el infierno y los horrores del exilio siberiano, acaba por transformarse en una experiencia de salvación personal imposible sin la experiencia de dicho tránsito. Dostoievski, en esto, es concluyente. Exclama: ¡Ojala lo llevaran a usted a los trabajos forzados!, mientras Földényi se desliza hacia el final de la narración recordándonos cómo los grandes crímenes del siglo XX fueron cometidos en nombre de la ideología de la salvación, invocando el bienestar de la mayoría, para evitar a la mayoría cualquier atisbo de sufrimiento.
 
Y termino. A los celebres versos de Jaime Gil de Biedma (aquellos que nos informan de que la historia de España es la más triste de todas las historias, porque termina mal) les ocurre, salvando las distancias, lo mismo que a la famosa sentencia de Ludwig Wittgenstein “sobre aquello de lo que no podemos hablar, mejor es guardar silencio”: se citan muy a menudo, pero omitiendo, casi siempre, la completa totalidad del contenido, como si alguna de las partes de lo escrito debiera quedar misteriosamente velada. Pero Gil de Biedma, a pesar de esta omisión, lo dice también muy claro: “pido que España expulse a esos demonios”, demonios –añado yo- de la mística (falsa mística) y de la metafísica, demonios, a fin de cuentas, de vida, historia y memoria. Porque sólo así, alejados de los demonios que pueblan sus sueños, podrán los hombres y mujeres de esta tierra habitar en sus poemas.

LOS PASOS PERDIDOS

Tampoco Bertolt Brecht estuvo en Bilbao y ello no le impidió llegar a las mismas conclusiones. La luna de Bilbao –traducción arriba, traducción abajo- tutela una historia de amor donde el amor es a veces posible y a veces imposible. Bills Ballhaus in Bilbao. Alter Bilbaomond. Bilbao Song. Y es que no hay lugar –en la versión en castellano- donde uno pueda estar tocando el más allá, como en Bilbao.
 
A la altura de Orduña, poco antes de llegar a Llodio, me despierta esa luna en forma de concepto frío, pesado, nervioso, adosado al aire del vagón que golpea sin piedad la piel de mis huesos. No me asusta –dice el concepto- que se trate de otro país, lo que verdaderamente me asusta es que se trate de otro planeta. Así las cosas, no es de extrañar la sorpresa a la llegada a Basauri, quizás por el recuerdo de aquella novia infantil vecina de Soloarte o de Balendin Berriotxoa, ni la crisis de ansiedad al primer repecho, empinado, de la conversación en Durango. ¡Menos mal que mi interlocutor, un hombre sabio, también está curtido en mil batallas! Y que espero –o necesito, que viene a ser lo mismo- que me haya comprendido como se acaba por comprender a un volcán en erupción o a un estúpido terremoto. Wittgenstein tiene para estos casos una justificación bastante sencilla: “¿Porqué hacemos este tipo de cosas? –pregunta. Porque este es el tipo de cosas que hacemos”. Así, terapéutico, dejando de lado las dudas y los objetos metafísicos y sagrados.
 


Desde la ventana del hotel observo los cambios de luz a distintas horas del día. La toma fotográfica siempre es la misma: a la izquierda el Teatro Arriaga, estilo segundo imperio con elementos renacentistas; el Puente del Arenal, en el centro, con la serpiente verde del tranvía y el skyline de las alturas, amenazantes y ligeras; y el quiosco de la música, modernista, a la izquierda, junto a la imagen detenida, petrificada, del bertsolari Beitia. La crónica de la aldea perdida me espera en casa, otra prueba evidente de que existo, y yo paseo por Barrencalle porque sí, porque me recuerda a un amigo.
 
Cuando todo esto desaparezca –pienso- sólo se escucharán las voces en el silencio, milenario, de las historias mínimas. “Lo que nos dejan las civilizaciones –escribió Michel Foucault- como monumentos de su pensamiento, no son los textos sino más bien los vocabularios y sus sintaxis”. A pesar de ello, compro libros en Gatazka Gunea, en la calle Ronda (Techno Rebelde, de Ariel Kyrou, editorial Traficantes de Sueños) porque, a esas horas, la luna de Bilbao sigue escondida tras las nubes. Quizás la luna de Bilbao no haya estado nunca en Bilbao y sólo se trate de un desafortunado malentendido. Pero la luna de Bilbao es así de hermosa, así de bella, para Brecht, para mi y para la ansiedad. Y todos, en cuanto podemos, corremos a refugiarnos en ella, en Bilbao mismo o en donde sea, más allá de Bilbao incluso y tocando el más allá, como en Bilbao.

HOGUERA

Imagino que se trata de una marca de fábrica. Elegir un libro para cada acto de la vida, una palabra exacta, una oración exacta. ¡Cómo si pudiera pasarse un sólo día sin libros, sin palabras! Allí, en un rincón de papel o en la ventana de la pantalla electrónica: “la guerra –leo ahora a Nietzsche- vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido”. Lo que no queda claro es qué se consigue con ello, qué se alcanza con esta dudosa sabiduría. ¿Aparentar desasosiego? ¿Echar unas risas? ¿Llegar, analfabetos, al final del camino? Me quedo pillado en Beirut porque la palabra “Beirut” me acerca a una historia del tiempo, del tiempo que fue o que pudo ser para algo parecido a la memoria. Las calles (en una ciudad que no, que tampoco es Beirut) simulan escenarios de novela negra. Estoy convencido de que me siguen, aunque sólo es el efecto dañino de las lecturas; en concreto, El Contexto, de Leonardo Sciascia. En la fotografía, aparezco como un detective angustiado: gabardina gris, mirada indecisa, sombrero de fieltro. Aunque mi libro de cabecera, en estos momentos, no es uno de Raymond Chandler. Y, a mi lado, nadie investiga los cuerpos cercanos, el vómito azul del destierro, el punk terminal de las calles.
 
Libros, putos libros. Cuando intento hablar de otra cuestión, me salen frases sin sentido. Ni siquiera sé el nombre de la mayoría de los objetos que me rodean. ¿Cómo hablar, entonces, de ellos? ¿Cómo decir algo de ellos? Llegas a una ciudad y resulta que ya la conoces, que has llegado a ella antes, por los libros. La ciudad, en el fondo, no es como la ves, sino como la has leído. Además, prefieres la ciudad de la literatura a la real, mucho menos ambigua, menos interesante. Y todo se ve reducido a esto: a soñar con palabras de los libros, a amar con palabras de los libros, a huir con palabras de los libros. ¿Qué pasaría, me pregunto, si organizara mi vida de otra manera, alejado por una vez de los libros? Al menos, podría intentar un tratamiento terapéutico. Menos letras, menos signos y metáforas, para una nueva antropología urbana. El hombre que, en definitiva, no hace nada, no dice nada.
 
Cuenta la leyenda que Carvalho, Pepe Carvalho, comenzó sus hogueras terapéuticas con un ejemplar de España como problema, de Laín Entralgo, y otro del Quijote. La filosofía vital de Vázquez Montalbán siempre me interesó y lamenté profundamente no haber aplicado a tiempo alguno de sus sabios consejos. “Come para olvidar y bebe para recordar”, decía en uno de ellos. ¡Quizás –de haberle hecho caso- hubiera disfrutado mucho más de la vida! Carvalho quema los libros porque ya los ha leído todos y, además, en la mayoría de los casos, está convencido de que no han servido para nada. Carvalho –opina Tomás Salas- es un héroe posmoderno: “no cree en los grandes discursos clásicos que ha conocido desde dentro en su heterogénea experiencia vital: su antigua militancia comunista, su trabajo como espía de la CIA, su gran cultura libresca, que quizá quisiera olvidar. Su móvil vital no es participar en una lucha entre buenos y malos, defendiendo a los primeros (llámese como se quiera, proletariado, víctima, ser oprimido), sino buscarse la vida en el sentido más prosaico de la expresión”. Posmoderno o no, a Carvalho, como a muchos otros (y no es difícil de entender), se le ha atragantado el curso de la historia, si es que acaso la historia tiene curso, la historia o lo que sea. A Carvalho no le interesan las topologías de red ni los fuegos de artificio. Al final, cada uno sale adelante como puede, como le dejan, y los contados actos de solidaridad no se deben a ejercicios poderosos de la razón, sino a gestos sencillos, supervivientes, de un sentimental.
 
En Milenio, su última aventura, Carvalho intenta escapar de unos y otros, de casi todo y casi todos, en un juego ajetreado de idas y venidas; pero Carvalho encuentra tiempo, en un parón de la huída, para practicar la satisfacción curativa de la hoguera. El lugar escogido, una cuneta de la carretera, a la salida de Nauplia, a un paso de recorrer la costa de la Argólida y atravesar la Arcadia, camino de Atenas. El libro, El viento se llevará nuestras palabras, de Doris Lessing, sobre la destrucción de Afganistán hasta la salida de los soviéticos y las futuras destrucciones de Afganistán a lo largo de la historia. Al libro, antes del sacrificio, se le concede una última gracia y Carvalho lee una página escogida al azar, como un homenaje a las palabras, para luego proceder a la cremación decisiva, al incendio. Así se esparcen las cenizas y el hombre vuelve al camino, cabizbajo y tranquilo, con las manos en el mundo y el alma abandonada en el vacío.

MICROFONOS

Al parecer, existe una conversación exterior y una conversación marcadamente interior. Un diálogo que se dirige de puertas hacia fuera, hacia el público, y un diálogo que permanece dentro, en manos privilegiadas, en el corazón del mundo. Una información que se ofrece a todos gratuitamente, libre de impuestos, y una información que, sin embargo, llegado el caso, se vuelve comprensiblemente incompleta. Y digo “comprensiblemente” porque a fuerza de ejercitar, tan a menudo, la práctica indolente de la comprensión, uno acaba comprendiéndolo todo; la política (la geopolítica, la metapolítica) tiene estas cosas. Micrófonos abiertos nos informan de opiniones o deseos que, en circunstancias normales, quedarían convenientemente ocultos o negados. “¡Vaya coñazo que he soltado”!, exclama con soltura el Presidente, ante los miembros atribulados del Parlamento Europeo. Y no se trata, como podríamos pensar, de un caso aislado. Al ministro conservador se le escuchará, muy a su pesar, que el Plan Hidrológico se aprobará “por cojones”. Y la progresía ilustrada del diputado socialdemócrata quedará en evidencia cuando oigamos de su boca qué piensa en realidad del asunto: “Los moros –así, a micrófono abierto-, que se vuelvan a Marruecos, que es donde tienen que estar”. Cuando Bush Jr. cuida de nuestros oídos (también a su pesar) con palabras como ¡Mierda! o ¡Siria!, justo al lado de un cariacontecido Tony Blair, deberíamos echarnos a temblar, sí, y esta vez por un doble motivo: si habitualmente tememos y temblamos por lo que habla, que es mucho y preocupante, ahora también sabemos que deberemos hacerlo por lo que calla. Aunque nada nuevo, por otra parte, si tenemos en cuenta el curso reciente de la historia. Micrófonos abiertos parecen empeñados en recordárnoslo continuamente, en que no lo olvidemos nunca. Y si esto es así en sociedades abiertas, democráticas, no quiero ni pensar en qué estarán tramando organizaciones terroristas y gobiernos teocráticos, ajenos en todo momento al público y a los micrófonos.


En El Caballero y la Muerte, Leonardo Sciascia nos presenta a un comisario de policía, el Vice, carcomido por el cáncer, cansado y escéptico; el famoso grabado de Durero lo acompaña en sus amargas y penetrantes reflexiones. El caballero, la muerte y el diablo (Ritter, Tod und Teufel), frente a él en la pared de su despacho. Al diablo llega sorprendido con la estúpida coartada de los hombres, también estúpidos, que lo utilizan para presentarle como culpable de todo. Pero el diablo –bien sabe el Vice- está tan cansado que ha dejado el juego en manos de los hombres, mucho más eficaces que él. Aunque es Giovanni Rieti, un extraño personaje, judío y doctor en no se sabe qué materia, quien, en un encuentro con el Vice, nos da las claves filosóficas del embrollo. “Hay un poder visible –comenta Rieti-, nombrable, enumerable; y hay otro, no enumerable, sin nombre, sin nombres, que nada por debajo de la superficie. El poder visible lucha contra el sumergido, y sobre todo cuando éste se atreve a emerger valientemente, es decir en forma violenta y sanguinaria, pero de hecho lo necesita”. “De modo que cabe sospechar –subraya el Vice- que existe una constitución no escrita cuyo primer artículo rezaría: la seguridad del poder se basa en la inseguridad de los ciudadanos”. “De todos los ciudadanos –concluye Rieti-: incluidos los que, al difundir la inseguridad, se creen seguros… Y ahí está la estupidez de que le hablaba”.
 
Al final del relato, el ángel exterminador actúa con criminal eficacia: la muerte alcanza a los personajes y deja todo sin explicar, dormido y en silencio, como en la vida misma. El contador de las víctimas es la base estadística de la ignominia, pero faltan datos posibles para completar el informe.

 

LOCURA

¿Qué es la locura –se preguntaba Michel Foucault- para quien decide arrinconar, al menos por un momento, las herramientas habituales y el pensar convencional de los especialistas? Y el propio Foucault contesta a su pregunta: la locura, además, entre otras cosas, es la ausencia de obra.

Ha muerto Syd Barrett, el mítico fundador de Pink Floyd, el hombre atractivo, misterioso y carismático que desapareció de la escena pública cuando la criatura, la máquina del fluido rosa, daba sus primeros pasos. Diez de las once canciones de The Piper at the Gates of Dawn no fueron suficientes. Había algo en él que lo dejaba siempre fuera, al otro lado de las percepciones comunes, en esa nube tortuosa y psicodélica de la que se regresa algo más tonto y menos afortunado. Eso es, al menos, lo que cuenta la leyenda. Porque justo en ese momento (es decir, en un principio), en la cresta de la ola londinense, con las letras del LSD grabadas a fuego lento y los colores imposibles en los ojos, Syd Barrett abandona el escenario y abraza la soledad del mito. Barrett se recluye en su apartamento alejado de la vida pública. Apenas un leve intento por mantenerse en contacto con el mundo de la música; pero hay algo en él que no marcha bien del todo. He leído estos días en los periódicos menciones a su salud mental, a la presencia de un hombre gordo, desfigurado, con la cabeza y las cejas afeitadas, al margen de todo y de todos, durante la grabación (también un homenaje) de los temas de Wish You Were Here. Incluso hay quien lo sitúa paseando por las calles de Cambridge, enajenado, con unas enormes tijeras podadoras en las manos. ¿Insinúan acaso, estos periódicos, que Syd Barrett estaba loco? Y en ese caso, ¿de qué clase de locura están hablando? Curiosamente, si por algo será recordado Syd Barrett será por su ausencia de obra: la imagen instalada, permanentemente, en la nada de las cosas inanimadas. Y, enlazando de nuevo con Foucault, por esas gotas de cesura a partir de las cuales la partición de la locura se hace posible. “La percepción que el hombre occidental –escribe Foucault- tiene de su tiempo y de su espacio deja aparecer una estructura de rechazo, a partir de la cual se denuncia a una palabra como no siendo lenguaje, a un gesto como no siendo obra, a una figura como no teniendo derecho a poseer lugar en la historia”. El hombre llega al final de su camino, se abraza, sollozando, al cuello de un caballo apaleado, y luego se desploma: al despertar, se cree Dioniso o El Crucificado. Pero, ¿quién se hace responsable de esta suma de gestos, historias, lenguajes y rechazos?

“El compromiso de la filosofía con la razón –opina el filósofo norteamericano Stanley Cavell- es algo que la obliga intrínsecamente a confrontar la posibilidad de la locura”. En Reivindicaciones de la razón, Cavell menciona esta oscura reflexión de Ludwig Wittgenstein: “Si me siento inclinado a suponer que un ratón surge por generación espontánea a partir de harapos grises y polvo, estará bien que acto seguido examine meticulosamente estos harapos para ver cómo pudo esconderse en ellos un ratón, cómo pudo llegar allí, etc. Pero si estoy convencido de que un ratón no puede surgir de estas cosas, entonces quizá esta investigación sea superflua. Pero debemos primero aprender a entender –concluye Wittgenstein- qué es lo que en filosofía se opone a semejante examen de los detalles”. ¿Estamos ante una parábola sobre la naturaleza de la filosofía? Y, en líneas generales, ¿qué nos dice esta parábola?

Para pensar la razón y la locura, para pensarlo todo, deberemos poner en cuarentena las convicciones propias, el sentido de lo que uno tiene de lo pueden y no pueden ser las cosas. Es lo que Cavell denomina “la derogación de nuestro sentido de lo ordinario”. En el fondo, se trata de descubrir necesidades más verdaderas. Y, para ello, nada mejor que adentrarme en un estado mental donde me encuentro “inclinado a suponer” que es posible que esté ocurriendo algo que todos tenemos por imposible. ¿Tiempo de verdad, entonces, en el mundo de las mentiras crónicas? ¿Agua de paz en la guerra, en el desierto, de las víctimas civiles? ¿Quién está verdaderamente loco? Todo esto significa que tendré que hacer el experimento de creer lo que tengo por prejuicios –informa Cavell- y considerar (y he aquí lo más importante) la posibilidad de que mi propia racionalidad no sea más que un conjunto de estúpidos prejuicios. Si esto duele (o no duele) iluminará los bordes alterados de la experiencia del ridículo; pero nunca el ridículo de buscar donde entendemos de antemano no puede encontrarse lo que buscamos. Al final de todo, agotado el método filosófico, puede suceder que también nuestra actitud cause rechazo, y que sea denunciada nuestra palabra como no siendo lenguaje, nuestro gesto como no siendo obra, nuestra figura como no teniendo derecho a poseer un lugar en la historia. La Historia de la Locura se abre con una cita de Pascal que alivia nuestra desazón y anima nuestras dudas: “Los hombres son tan necesariamente locos que habría que estar afectado por otro giro de locura para no estarlo”. Cada cual puede elegir un número al azar y esperar, tranquilamente, su ciclo de fatalidad o de fortuna. El método malcría a sus hijos mostrándoles el límite, increíble, al borde del abismo. ¿Qué queda al otro lado de la razón o al otro lado de la locura? Agotado el método, habremos llegado al final de nuestro camino justamente al comienzo del mismo. Habremos habitado en la nube (psicodélica, filosófica) el tiempo justo para ello, y podremos decidir si regresamos, algo más tontos, y menos afortunados.

CRITERIOS

Decía Hemingway que las corridas de toros le resultaban morales, dado que entendía que es moral lo que hace que uno se sienta bien, e inmoral lo que hace que uno se sienta mal. Añadía luego que no trataba de defender este criterio moral ante nadie, pero con él acudía, satisfecho, a los encierros y a los toros de San Fermín. Al margen de la moral y de la ética, los toros enfilan ahora Estafeta embistiendo las sombras de los corredores, mientras espectadores curiosos observan las artes del engaño y aprovechan una tregua para considerar el problema. ¿Acaso sufren estos –se preguntan- que amenazan a los mozos y que resbalan vacilantes en la curva de Mercaderes? ¿Puede hablarse de “derechos animales” y aplicarse este supuesto a un pelotón de aguerridos morlacos? El signo de los tiempos –piensan- deja trampas extrañas a lo largo del recorrido. La zancadilla es de primera y la fiesta no invita a ello; pero los hay que llevan tiempo trabajando en el dilema.

Los amigos de los animales, por ejemplo, opinan que no hay discusión posible: estamos ante una tortura (“nada repugna tanto al sentido moral como la tortura”, escribe Jesús Mosterín), el toro sufre como nosotros, tiene un sistema límbico muy parecido al nuestro, sus neurotransmisores bien podrían ser nuestros neurotransmisores, etcétera. Pero productos contradictorios generan efectos contradictorios entre animales (o no) contradictorios. Los criterios que se utilizan para evaluar el asunto pueden variar cuando se vinculan a circunstancias de aplicación concreta. Dónde y cuándo se sitúan los niveles de tortura no parece aclarar mucho las cosas. ¿Cuál es, según esto, el grado de sufrimiento aceptable para nuestras conciencias? ¿O es que pensamos renunciar también a determinados placeres gastronómicos? En cuanto a los defensores de la fiesta, tampoco lo tienen mucho más fácil. Se salvan –opinan algunos-, gracias al arte, la danza, la plasticidad pictórica, el valor del hombre, la nobleza del toro. Todo ello mezclado, eso sí, con una dosis exacta de sangre, dolor, crueldad y violencia.

La trampa, a lo largo del recorrido, nos acerca a cuestiones derivadas de los avances en el terreno de la genética. ¿Compartimos qué genes en un espacio idílico de parentesco genético? De ahí a la filosofía del Proyecto Gran Simio hay sólo un paso. Y ya lo ha dicho, oportuno, el profesor José Luis Pardo: “Considerar a las personas como animales no es más que la otra cara de considerar a los animales como personas”. Para concluir: “¡Cuánto daño has hecho, Walt Disney!”.

TONELADAS

¿A qué capítulo de la Historia del Arte y de la gestión museística corresponde este episodio de toneladas, derroche y extravío? O dicho de otro modo, ¿cómo se pueden gastar 36 millones de las antiguas pesetas en una escultura de 38 toneladas de acero para arrinconar ésta durante años en una nave del extrarradio y acabar perdiendo su pista a pesar de estar inventariada, perfectamente identificada y localizada? Me imagino a Juan Antonio González, responsable de la Comisaría General de Policía Judicial, con un ejemplar de Sherlock Holmes y Charles S. Peirce, El método de la investigación, de Thomas A. Sebeok y Jean Umiker-Sebeok, bajo el brazo. En el fondo, tanto ellos como los miembros de la Brigada de Delitos contra el Patrimonio Histórico han hecho lo correcto, es decir, partir del final para llegar al principio de la página, elaborar una hipótesis, el primer paso del razonador científico, el argumento original. Y es que lo normal, debido a su enorme peso, es que la escultura no se haya movido del depósito de Arganda del Rey–piensa la policía-, bien podría haber quedado enterrada al preparar los cimientos para la construcción del edificio que ocupa ahora el solar. Como opina el sargento Bevilacqua “el investigador es, ante todo, un gestor de probabilidades”. Al proceso inicial de lo que Peirce denomina Abducción o retroducción le sigue la Deducción, es decir, el camino por el que se trazan los probables y necesarios resultados experimentales de la hipótesis. Y, sólo algo más tarde, aparece la Inducción, el término con el que Peirce identifica la prueba experimental final. La policía estudia el terreno en el que puede estar enterrado el tesoro: los planos, las conducciones de agua y electricidad, los metales que pueden inducir a error o dificultar las investigaciones. Y, a la vez, descarta las conjeturas inútiles, inestables, o poco probables: imposible refundir o desguazar la escultura, por ejemplo, nadie obtendría de ello un considerable beneficio. Aunque allí, a pesar de todo, a pesar de haber seguido con cuidado los pasos del método científico, no aparece la escultura. Lo que los agentes encuentran, después de excavar el terreno, nada tiene que ver con la obra de Richard Serra. ¿Qué ha fallado entonces? ¿Por dónde seguir ahora? Afortunadamente, los agentes de la Brigada de Delitos contra el Patrimonio Histórico siempre pueden pedirle consejo al comisario Brunetti, el investigador nacido de la pluma de la escritora norteamericana Donna Leon. ¿Acaso no fue Brunetti quién desveló una red de tráfico internacional de arte en Acqua Alta? “La novela negra –escribió Andreu Martín- nos enseña que nada es sencillo, que nada es como parece”. Y para el caso de que Brunetti no esté disponible, yo aconsejo recurrir a los servicios de Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, pareja de la Guardia Civil de la unidad central de Madrid creada por Lorenzo Silva. Al fin y al cabo, nadie más cerca de la literatura, del arte y del misterio. Nadie más cerca de las toneladas, del derroche y del extravío.

MUTANTES

¿Mejor otro siglo? ¿Otro proyecto de padres? ¿Otra cosecha de hijos? ¡Quién sabe! De ser cierta la tesis que señala a la nueva generación de adolescentes como mucho más inteligente que las anteriores, estamos realmente perdidos. ¿Se imaginan ustedes batallando contra una nueva (y más potente) variedad de adolescentes? Esta es la tesis que defiende en sus últimos artículos el sociólogo Vicente Verdú, tesis reforzada, además, por análisis y estudios científicos. Adolescentes más inteligentes, sí, gracias a un entorno diverso, gratificante y completo, gracias a los videojuegos y a las tecnologías audiovisuales; más inteligentes porque ya no leen (como hacían los idiotas de sus padres) o porque, en lugar de perder el tiempo leyendo, construyen su destino en un universo de conocimientos y experiencias extensivas, es decir, desde el corazón mismo de una explosión de efectos especiales. Al parecer, hay un lugar en su cerebro que procesa las imágenes con una fuerza desconocida por nuestros viejos cerebros. Y esto, claro está, en un mundo de imágenes, es jugar con mucha ventaja. Verdú no duda en afirmar que estamos ante una mutación cultural, irreversible, y yo no dejo de pensar en ello imaginando que mis hijos, pasado un tiempo, acabarán por parecerse a los terribles mutantes de la Marvel.

Los aspirantes a mutantes tienen en casa su espacio propio, delimitado, y desde él nos observan con una sonrisa cínica y amenazante. ¿Han experimentado ustedes, en sus propias carnes, la sonrisa cínica de un adolescente? Cinco minutos de conversación con la psicóloga Alejandra Vallejo-Nágera, en su caseta de la Feria del Libro, no bastan para hacer frente, y contrarrestar, tanta malicia; ni tan siquiera la lectura apasionada de todos y cada uno de sus libros. Mientras el mutante reina sobre su esfera circular con una mezcla de orgullo y repugnancia, los padres querríamos huir y refugiarnos en la seguridad de la clausura madre, en la burbuja circular originaria. Con esta perspectiva, ¿cómo hacer con ellos planes de educación, domesticación, protección o futuro? ¿No deberíamos negarles (sobre todo por nuestro propio bien, por nuestra propia supervivencia) todo acceso a máquina o artilugio de redes y obsequiarles, de paso, con una adolescencia a prueba de bytes y flashes inteligentes? Habría que tratarles, me temo, como trataron sus padres al pintor norteamericano James Rosenquist: “Mis padres –declaró James en una reciente entrevista- siempre me estimularon a la aventura y a buscar mi independencia. De niño vivía sin electricidad ni agua corriente, y debía inventar mis propios juegos y entretenimientos. Supongo que ese estímulo a la imaginación influyó mucho en mi trabajo posterior”.

A mí me gusta imaginar que, si no más inteligentes, mis hijos serían así mucho más felices. Además, cabe suponer, se acabarían pareciendo en algo a sus ridículos y desdichados padres. “A los 16 años –concluye Rosenquist- yo conducía tractores y fumaba puros. Sin duda, los tiempos han cambiado mucho”.

EL SASTRE DE WITTGENSTEIN

“En épocas diferentes –escribió Wittgenstein- se juegan juegos diferentes”. Por cierto, si tenemos en cuenta los juegos que yo practico, ¿a qué época dirían ustedes que pertenezco? Wittgenstein acude al sastre y observa cómo éste, un buen sastre, ante la necesidad de corregir la hechura de un traje, en lugar de exclamar “Correcto” o “Déjelo como está”, se limita a hacer una marca de tiza y luego, más tarde, procede a arreglarlo. Después de esto, Wittgenstein se pregunta: ¿y cómo muestro yo mi aprobación al traje? Pues muy sencillo: sobre todo poniéndomelo a menudo, gustándome enseñarlo, etcétera. Pienso en todo ello mientras intento encontrar la ubicación (física) del Medialab Madrid. No es broma. Unas gradas desordenadas y un escenario enorme impiden, en el patio del Conde Duque, el acceso a determinadas dependencias. Ni los guardas jurados ni los funcionarios municipales saben indicarme correctamente. Cuando por fin encuentro el laboratorio, éste está vacío (hoy es domingo) y me dedico a fotografiar la ¿exposición? y ciertos detalles de la misma. Vínculo-a (políticas de la afectividad, estéticas del biopoder). Y pienso: encerrados en una habitación con un solo juguete. Y, a continuación: net-art, de Vuc Cosic al binomio Jodi (Dirk Paesmans y Joan Heemskerk) pasándo por el índice Nasdaq. Desenlace: Internet, sí, como lugar de “ocupación”, pero, como bien señala Jesús Carrillo, profesor de Historia del Arte de la UAM, “no por su especificidad neomediática –como imaginaban los pioneros del arte en la red de los noventa- sino, contrariamente, por ser uno de los lugares prioritarios en que se producen hoy en día los procesos de invasión del imaginario, de disciplinamiento de los cuerpos y de explotación del trabajo”. Imprescindible, para entender o arreglar el traje, el concepto foucaultiano de “biopoder”. Un sujeto, atravesado por flechas certeras, las relaciones de poder, concebido y producido por ellas. La vida, regulada, como objeto administrable. Todo ello muy útil, tremendamente útil, infinitamente útil. O eso opinan, al menos, los entendidos en estas cuestiones. Y luego, pasado el susto de este descubrimiento, para bien y para mal, nuestros afectos. Perfectamente tipografiados en esa pantalla de web art de Young-Hae Chang que nos dice primero hola y luego nos dice te quiero. O, mejor dicho: “creo que te quiero”. (Aunque, ¡cuidado!, podría tratarse de una estafa). Por lo demás, el aparato teórico y el resto de las obras pueden saborearse también con suma delectación. ¿Por qué no? Mientras luchamos o compartimos relaciones de poder siempre podremos hacer un alto en este Vínculo-a. Eso sí: mientras el (bio)cuerpo, o el biopoder, aguante.